Acerca de los silencios
Así como en una gran orquesta los diferentes instrumentos ejecutan los sonidos que le son propios en el orden y los tiempos establecidos en la partitura que les corresponde, siendo el Director de la orquesta quien con maestría ensambla los tiempos de cada uno; asimismo, para cada uno de los instrumentos están marcados silencios.
Al ejecutarse los mismos, los silencios, el o los instrumentos que permanecen sin emitir sonido, no pierden ni la esencia como tales, ni la armonía con el conjunto de la orquesta. Es decir, que la trompeta sigue siendo mientras ejecuta el silencio impuesto en su partitura, la misma trompeta que hace tan solo unos pocos minutos atrás nos deleitaba con su estridente son; el violín, el mismo que unos compases atrás nos maravillaba con su dulzura; y así con todos los instrumentos.
Ninguno de ellos deja de ser el instrumento que es porque no lo escuchemos, tan solo está ejecutando un silencio que el compositor ha marcado en su partitura, en el tiempo que el director de la orquesta le indica. Es más, si no hiciere caso de esa indicación impuesta, estaría fuera de orden en el conjunto de la orquesta y daría un sonido fuera de lugar, lo que estropearía la sinfonía que se está interpretando.
En este tiempo pasado encontré escrito en mi pentagrama, un silencio.
Quizás hubo otros anteriores, seguramente los hubo, pero este en particular fue especial para mí.
A lo mejor por poder percibirlo y disponerme así de otra manera para ejecutarlo con la misma alegría, (aunque, debo confesar, no sin conflictos), con la que emitía antes los sonidos propios de la melodía que me caracteriza como el instrumento que soy; o acaso tan solo por esa dulce expectativa que me tiene preso de afinar la nota en lo que a la vida se refiere, para armonizar con toda esta gran orquesta de hombres y mujeres que han estado ahí, en Su silencio, y han oído Su voz, la más maravillosa sinfonía que es dada a escuchar a todo hombre sobre la tierra…
Creo, sin lugar a dudas, que todos somos instrumentos en las manos del Maestro, y tenemos la obligación como tales, de prestarnos a su tratamiento para que él pueda arrancar de nosotros, corporal e individualmente, los sonidos que desee; para que no hablemos alegremente de lo que otros han visto y experimentado sin percatarnos del costo que han tenido que pagar por ello; y porque no es hablando de lo que ellos vieron que damos valor a lo escuchado, sino dándole lugar a Su Espíritu, para que produzca en nosotros a través del trato de nuestra vida, lo que estos nos anuncian ser voluntad de Dios.
«La verdadera y sólida devoción consiste en una voluntad constante, resuelta, pronta y activa de ejecutar lo que se conoce ser del agrado de Dios». Francisco de Sales
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