Carta a un amigo

Amado amigo, hace un tiempo que estoy procesando algunas cosas en mi corazón, y que como parte de nuestra amistad creo honesto compartir contigo. Lo hago con la mayor sencillez que me es posible. Lo hago con mucho temor, no quiero ofender, ni lastimar; no quiero de ninguna manera ponerme en el lugar del crítico. Hablo como quien es parte, como quien aun no lo alcanza, como quien anhela..

He estado mirando algo que me preocupa hace un buen tiempo, de lo cual hemos charlado en varias oportunidades.

Se trata de algunos riesgos que conlleva este tiempo de cambios que Dios está llevando adelante en la Iglesia levantando a Su Hijo y atrayendo hacia su Persona todo cuanto existe, corriendo la cortina en nuestro entendimiento para que podamos comprender con todos los santos, lo profundo, ancho, largo y alto de su infinito amor, cosa que está ocurriendo en muchos hermanos, en distintos lugares, y se evidencia expresándose con los variados y hermosos matices que la multiforme y colorida gracia de Dios ha querido comunicarlo a cada uno.

Me preocupa que de algún modo sin proponérnoslo, nos vayamos apropiando de todo esto como si fuera nuestro, y en ese intento contaminemos con nuestra humanidad llena de formas, estructuras, reglas, costumbres y métodos, algo que solamente se sustenta y puede sobrevivir en una “incómoda” dependencia de Dios. Digo incómoda, porque soltar el control de las cosas produce, al menos en mí, esa sensación como de inseguridad que resulta sumamente molesta para quienes disfrutamos de tener todo cuidadosamente articulado y medianamente controlado conforme a nuestra manera de entender, sobre todo, cuando la corrección bíblica, la intelectualidad teológica y la historia, parecen asistirnos con la razón.

Me inquieta que podamos estar muy ocupados y felices con los cambios de formas, de tal manera que distraídamente vayamos perdiendo la esencia, y se sucedan así, algunas cosas que con preocupación anticipábamos.

Una de ellas que me parece importante por las consecuencias que acarrearía para cada uno en lo personal, así como también para la Iglesia, es el hecho de que se mimeticen formas de hablar usando contenidos notoriamente prestados, expresando axiomas claramente aprendidos intelectualmente desde la instrucción, o adquiridos mediante el estudio orientado acertadamente a comunicar verdades que han sido reveladas y vertidas por el Espíritu Santo en un vaso corporativo, cuando todavía los ojos de la revelación propia no hayan sido totalmente abiertos como para poder hablar de lo que vimos y experimentamos, en vez de hacerlo tan solo de lo que otros nos han contado.

Claramente no es lo mismo poner la fe en la Palabra, que hacerlo en lo que otros nos contaron acerca de ella.

En esa reveladora charla de Jesús con Nicodemo, donde le dice que el que no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios, también le deja planteado un principio: «de lo que sabemos hablamos, y de lo que hemos visto, damos testimonio»

El actuar de otra manera nos convierte en activos adherentes a un movimiento, pero no nos vuelve parte de lo que lo impulsa, ya que no es el obrar del Espíritu Santo revelándonos a través de la íntima comunión con la Palabra la Persona de Cristo, quien va delante y nos conduce, sino que es la dinámica que genera el movimiento la que nos empuja. Y una cosa es diametralmente opuesta a la otra.

Me resulta un tanto llamativo el idéntico uso colectivo del lenguaje, la uniforme y monocromática manera de abordar los temas, siendo que la Escritura es tan rica y colorida en cuanto a expresión, aunque comunique una única Verdad. Esto podría llegar a ser consecuencia de una enseñanza metódica y estructurada que fue aprendida, más que de haber captado el espíritu de revelación que sin duda se pretendía transmitir con ella.

En la experiencia que ambos hemos tenido, es un síntoma inconfundible de humano entusiasmo, vacío del contenido de la experiencia espiritual, el repetir frases hechas, que se convierten en gastadas muletillas; el comenzar dichas frases siempre haciendo alusión a quien las dijo, sin haberlas hecho propias expresando así, por un lado, un vacío sustancial, y por el otro una marcada admiración por la persona que comunicó la frase en primer lugar; cosa que no sucede cuando mi entendimiento se abre por gracia mediante la obra del Espíritu Santo. Cuando esto último sucede, lo que transmito es sustancia, y no mera forma, más allá de las palabras que use para hacerlo, y mi admiración y gratitud se enfocan en el Señor, aunque puedo reconocer el instrumento…

Decimos que no queremos transmitir una enseñanza, y no queremos hacerlo; pero en realidad, si no permitimos que el Señor pueda tomar su tiempo con cada hermano para abrir su entendimiento espiritual, y abrir sus ojos a la revelación de lo que Su Persona quiera transmitirle, creo que finalmente eso es lo que hacemos; transmitir una enseñanza..

Aun en los que tienen hambre y sed, es necesario que el alimento que comen y el agua que beben se procese en ellos para convertirse en vida, no podemos, ni debemos apurar los procesos de Dios, Él es el que edifica Su Iglesia. Creo que la única forma de “apresurar” el proceso es estar dispuesto a que el Señor trabaje en nuestra vida haciéndonos atravesar todo cuanto sea necesario para que lo que Él quiere revelarnos acerca de Sí mismo se pueda poner de manifiesto en nosotros en una experiencia viva, que implica  al mismo tiempo, para que esto sea posible, que nuestra vieja naturaleza mengüe por la obra del Espíritu Santo.

A nosotros nos toca el ser pacientes para con todos, acompañando el obrar de Dios en cada hermano, velando para que nada ni nadie altere el curso de los procesos que cada uno atraviesa, e ir alumbrando con la medida de Luz que recibimos para que todo aquel que practica la verdad venga a ella, (a la Luz), y se ponga así de manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

Encuentro que el desarrollo de los procesos de Dios que se van cumpliendo en otros con los que caminamos juntos, y que muchas veces se nos hacen lentos según nuestra medida de tiempo, viene finalmente a ser un precioso instrumento para nuestro propio y necesario proceso, y es que Dios es Maravilloso!

Otra preocupación que tengo, es que en búsqueda de la perfección estética perdamos la valoración de la esencia en su manifestación mas simple, y en su expresión más sencilla.

Es cierto que debemos procurar ser lo más ajustados y exactos posible en la comunicación de la Verdad, pero creo que esta exactitud no nace de la sincronía verbal o la perfección idiomática, sino de la sintonía afinada de un Espíritu que comunica a nuestro espíritu la identidad de hijo, imprimiendo de tal forma y con tal magnitud el pensamiento de Dios a través de la realidad palpable de la mente de Cristo en nuestra vida, que podemos comprender, y experimentar, y por lo tanto anunciar con claridad y convicción la Verdad, más allá de las palabras que elijamos usar.

Por otro lado, sin desmedro de lo que acabo de decir, y porque es cierto que las palabras no son inocentes y crean conceptos, debo decir que siempre me ha costado compartir el pensamiento de que el «evangelio es catalizador».

Un catalizador, según entiendo, es algo que logra aglomerar diferentes movimientos para llevar a cabo una reacción colectiva de gran magnitud. Otra forma en la que se podría definir un catalizador, sería decir que es algo que puede acelerar o retardar una reacción sin participar de ella.

No puedo identificar el evangelio con ninguna de estas dos definiciones, porque nosotros mismos hemos dicho, conforme lo entendemos escrituralmente, que el evangelio es Cristo. Y aunque todas las cosas se reúnen en Él, Él no es la suma de nada. Él no necesita juntar nada para crear algo, porque todo se origina en Él, y por medio de Él;  es por Él que todo subsiste, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Por lo tanto, no existe ninguna reacción posible sin su participación, puesto que nada sucede sin que Él tenga la iniciativa. Es así que cualquier cosa que se acelere, se retrase, o genere cualquier tipo de movimiento sin la «participación» de su Persona, está totalmente en muerte y nada tiene que ver con el evangelio.

Además, tal como lo hemos entendido, el evangelio no se trata de la conjunción de voluntades puestas de acuerdo hacia un fin común, ni que en pos de ese fin se resignen algunas voluntades en favor de otras, sino que se trata de que en la Cruz deje de existir toda otra voluntad que no sea la de Cristo, que siendo incluidos en Él volvamos a aquella Gloria de la que fuimos destituidos, donde existe y expresa una única y perfecta Voluntad en la que se manifiesta la Vida y es impartida al Cuerpo en plenitud, a través de la comunión con Aquel que todo lo llena en todo.

Según entiendo, es necesario que acompañemos el desarrollo del Cuerpo para que cada cual conforme a la gracia que le es dada pueda ministrar a los otros; para que manteniendo una identidad común, cada uno conforme a la fisonomía con la cual va siendo modelado según el lugar del Cuerpo en que Dios le ha colocado, cumpla con la asignación que le fue encomendada.

Creo que estaría más de acuerdo con decir que el evangelio traza una línea entre aquellos que aun no han visto que nunca se trato de haber roto una ley y siguen intentando compensar esto a través del esfuerzo propio, y entre los que han sido iluminados para entender que lo que rompieron fue una relación y que a menos que sean encontrados, nunca van a hallar el camino de regreso a casa; y que una vez que esto sucede, el amor de Cristo nos empuja y se vuelve así el único motor de todo cuanto somos y hacemos.

Amado, te pido perdón si en algo de lo que digo estoy fuera de lugar, no es mi intención de ninguna manera hablar de forma grandilocuente, o quererme mostrar más allá de mi propia realidad, sino poner de manifiesto con toda libertad, con la libertad que nuestra amistad me brinda, los pensamientos que me ocupan y los desafíos que encuentro delante, a los cuales debemos estar atentos para seguir caminando en pos de quien revela y no de la revelación misma como si ella fuera el candil que nos alumbra.

En el amor de Cristo!

 

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