Convirtiéndonos en lo que no somos
En mi experiencia, siempre fui un hombre trabajador pero a pesar de ello nunca pude guardar, creo que el Señor estaba queriendo enseñarme una lección importante; aun así nunca nos faltó nada.
No es acumular sino depender.
Con mi esposa siempre compartimos en casa lo que había; decíamos: siempre puede venir el que sea a nuestra casa, siempre vamos a compartir de lo que hay; de lo que tenemos para comer nosotros, de eso comparitmos; hubo veces que lo que compartimos fue un plato de arroz, otras uno de caldo, y otras, las menos, un rico asado; pero siempre dimos de lo que teníamos.
Igual es hoy, en este tiempo donde parece que existe la necesidad y la exigencia de tener que tener algo para decir en todo momento, y algo que sea novedoso, que tenga sabor a nuevo, y vaya de acuerdo con el paladar que impone la marea, no podemos hacer otra cosa que dar de lo que tenemos; si hay para decir, decimos y sino callamos.
Así que compartimos una reflexión, de lo que estamos comiendo. Para el hambriento, seguramente será algo que le sustente y reconforte su espíritu, pero para el saciado, seguramente le va a saber a poco…
Quiero reflexionar junto a ustedes en ¿Qué significa ser hijo en la Biblia?
¿De qué hablamos cuando hablamos de que somos hijos de Dios? ¿Qué es lo que esto implica?Para eso, quiero comenzar un poco antes, en el principio.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.” Génesis 1:1-2
En el principio de la creación, Dios creó la tierra.
La Escritura dice que cuando la creó ella estaba:
– desorenada
– vacía
– y en tinieblas
Dios no describe estas cosas como pecado, porque el pecado no existía en ese momento. Dios no habló de maldad, rebelión y oposición; sino que describen el estado natural de la creación, el principio, el inicio, por medio de una ausencia.
Dice que estaba:
– Sin forma: ausencia de forma
– Vacía: ausencia de sustancia
– Tinieblas: ausencia de luz
Dios creó algo que no era malo, ni estaba mal, pero aun le faltaba algo que era lo más importante en el proceso de creación, le faltaba su propia Gloria, la imagen del Hijo..
Porque Dios no crea cosas aparte de sí mismo; todo lo que Él hace es una manifestación de su propia Vida y Sustancia.
Entonces Dios comienza a completar en aquello que había creado, a través de su Palabra Viva y de su Espíritu, la medida de su propia Gloria hasta que todo alcanzó su plenitud; cambió la tierra de estar en caos, sin forma, vacía y en tinieblas, en un cosmos, un universo que lo expresara a Él, que expresara dicha Gloria.
Nosotros somos la nueva creación en Cristo, somos hechos nuevos en Él.
Pero cuando nacemos de nuevo, aunque somos una nueva creación en Cristo, aun estamos sin forma, vacíos, y en tinieblas, al igual que el estado inicial de la creación natural en su génesis. A partir de allí, todo lo que Dios hace en nosotros, no tiene nada que ver con llamarnos algo que no somos, o en “convertirnos en lo que ya somos”, sino que tiene todo que ver con transformarnos por medio del obrar vivo de su Poder a través de su Espíritu, en algo que no somos; transformarnos en una expresión de su propia Gloria, conformarnos a la imagen de su Hijo.
No está añadiendo cosas a su nueva creación en nosotros, sino sumergiéndonos en experiencia de la manifestación de su Gloria que es la Luz que en las tinieblas resplandece, la Sustancia que disipa todo vacío.
En este cuadro que es para nosotros Israel, Dios tomó para sí una nación con el propósito de, al igual que al inicio de la creación, agregarle su propia Gloria, es decir conformar este pueblo a la imagen de Cristo. Todo lo que Dios les mandó, todo lo que tenían que hacer, y obedecer, todo en lo que se estaban convirtiendo, era la gloria de Cristo.
Todo ello: los sacrificios, el sacerdocio, las ofrendas, el reino, la victoria sobre lo que era la incircuncisión, todo estaba dirigido a llenar ese pueblo, esa creación, con la gloria de Dios. Y siempre que Israel expresaba algo diferente de aquello que Dios había agregado de Sí mismo en ellos, volvian a estar sin forma, vacíos y en tinieblas.
En Jeremías 4:22-23, Dios usa el mismo lenguaje de Génesis 1. Aquí Dios se refiere a Israel como «tierra y cielos»: «Porque mi pueblo es necio, no me conoce; hijos torpes son, no son inteligentes. Astutos son para hacer el mal, pero hacer el bien no saben. Miré a la tierra, y he aqui que estaba sin orden y vacía; y a los cielos, y no tenían luz» (BDA). Exactamente el mismo estado que vemos en Génesis 1. Aquí vemos, que aunque Dios había creado a Israel para gloria, ellos habían caído de esa gloria; se habían olvidado del pacto, se habían apartado de Dios. Entonces Dios los ve como una creación que había perdido la imagen de Cristo, que había retornado al principio, donde estaba sin forma y vacía, y no tenía expresión de Cristo.
Pasemos ahora a la Nueva creación, en la cual hemos nacido de nuevo. Como hemos dicho antes, no es otra versión de nosotros, es una creación completamente nueva, recibimos una vida completamente nueva. Y, aunque hemos nacido del Espíritu, o hemos nacido de arriba, estamos sin forma, vacíos y en tinieblas; de la misma manera que un bebé recién nacido carece de la imagen de un hombre. El entendimiento del bebé está en tinieblas y carece de la sustancia y plena estatura de un hombre.
No hablamos de un bebé que tiene que convertirse en lo que ya es. Aunque su ADN contiene toda la información para que llegue a ser un hombre pleno, hay un montón de cosas en el desarrollo de su vida que confluirán para hacer de él una persona que tendrá determinadas características de acuerdo a su genética, su experiencia, su entorno social, y sobre todo su voluntad.
Del mismo modo, al nacer en Cristo.
En 2 Corintios 5:17 dice: » ..si alguno está en Cristo, nueva criatura es…»
Esto es inmediatamente cierto en nosotros, en y a partir del nuevo nacimiento, y aún así, carecemos de la plenitud de la Gloria de Cristo.
Es decir, Dios coloca un regalo en nuestro corazón. A ese regalo la Biblia le llama: Gracia. Ese regalo es una medida de su propia Vida y Poder que ahora actúa en nosotros para que seamos conformados a su imagen.
Por ejemplo Pablo ora por la iglesia en Gálatas 4:19: «que Cristo sea formado en ellos»; en 2 Corintios 4:6: «que la luz brille en sus corazones»; en Efesios 3:19: «que sean llenos de la plenitud de Dios»
Aún en la nueva creación, la Palabra y el Espíritu deben actuar en ella y transformarla en un estado de Gloria.
Y de nuevo, todo inicia con un: «Sea la Luz»
2 Corintios 4:6 dice: «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo»
Pablo nos lleva de nuevo a Génesis 1, 2 y 3.
El mismo que dijo al principio que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que hace brillar esa luz en nosotros.
Porque no podemos ser conformados a una gloria que no conocemos, o experimentamos.
Hago un paréntesis breve para decir que cuando hablamos de conocimiento en este contexto, estamos siempre, o casi siempre, hablando, tal y como las Escrituras lo expresan, de una vinculación con la Vida que nos sumerge en una realidad viva en la que experimentamos aquello que debemos conocer de forma continua y constante.
Regresando a lo anterior que venía diciendo, no podemos ser conformados a una Gloria que no es una experiencia real y viva en nosotros.
La luz empieza a mostrarnos la gloria y después somos conformados a la gloria que estamos viendo, en la misma medida que la experimentamos y permanecemos en esa experiencia, que no es una experiencia puntual, de un momento, sino una experiencia viva.
Es lo que Pablo dice en 2 Corintios 3:1:, «mirando como en un espejo la Gloria del Señor, somos transformados a esa misma imagen».
En Filipenses 3:21 dice, que «….Él transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de Su Gloria, por medio del poder que tiene para someter todas las cosas a sí mismo».
¿Qué tiene todo esto que ver con el hecho de ser hijos de Dios?
¿No somos hijos porque nacimos de nuevo y listo?
¿No somos hijos porque aceptamos a Jesús y ahora Dios nos ve como hijos en Cristo?
La Escritura nos presenta el ser hechos hijos de Dios desde dos puntos o lugares y usa para esto dos palabras diferentes; una que significa «niño», en el sentido de la filiación, del ser parte de una familia por nacimiento, y otra que significa «hijo», en el sentido de ser conformado al carácter moral, a la Vida y Sustancia de Aquél por quien fuimos engendrados, de tal forma que nuestra expresión sea la de Él.
Esta palabra también se traduce en la Escritura como «hijo» en muchos pasajes referidos siempre a lo mismo: a la identificación con la sustancia misma de una realidad, por ejemplo: Hijo de Paz, o Hijo de la Luz, entre otras, que quieren significar que a quien describen exhibe las características sustanciales propias de aquello con lo que se le identifica.
El Señor Jesús usó esta palabra «hijo», de una manera muy significativa, en Mat 5:9: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios», y Mat 5:44-45: «Amad a vuestros enemigos … y orad por los que os … persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos».
Los discípulos debían hacer estas cosas no para que pudieran llegar por ello a ser «niños», de Dios, sino que, siendo «niños», es decir, habiendo sido hechos hijos por nacimiento, (señalar «vuestro Padre» a través de todo el pasaje), pudieran hacer este hecho patente en su carácter, llegando así a ser «hijos», en el sentido de la identificación con el carácter moral, la Vida y la Sustancia de su Padre.
Es decir que la Escritura nos habla de que por el deseo y la iniciativa de Dios somos hechos hijos en el sentido de que “fuimos renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.” 1 Pedro1:23
Y por otro lado la misma Escritura nos dice que fuimos colocados en una posición en la que vamos siendo conformados a una naturaleza nueva que se corresponde con la de nuestro Padre; para que tengamos, por el impulso de esa Vida que nos fue dada a través de su Espíritu un deseo que nos mueve a ser como Él para que lleguemos a ser lo que aun no somos..
“en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,” Efesios 1:5-6
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” Gálatas 4:4-5
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” Romanos8:14-15
Pablo nos habla de adopción, que es un término que solo el usa, y que tiene un significado tremendamente importante y esclarecedor para nosotros.
La palabra adopción significa colocar como hijo, poner a un niño en la posición y en los derechos de un hijo propio, darle calidad de hijo.
Significa el lugar y la condición de un hijo dado a quien no le pertenece de forma natural.
En Rom. 8:15 se dice de los creyentes que han recibido «el Espíritu de adopción», esto es, el Espíritu Santo, quien, dado como las primicias de todo lo que tiene que ser de ellos, produce en ellos la conciencia de la filiación y la actitud que corresponde a hijos.
En Gál. 4:5 se dice de los que han recibido «la adopción de hijos»; esto es, que se les ha otorgado la filiación de una forma distinta a una relación meramente consiguiente al nacimiento.
Así que Juan 1:12 – 13, por ejemplo, nos dice que a aquellos que se extendieron violentamente para alcanzarlo, que se se volvieron a Él con TODO su corazón, es decir con todo lo que son, a los que creen en su Nombre, es decir, a los que dejaron cualquier otra confianza, aun la confianza en si mismos, para poner TODA su confianza en su Nombre, les dio un poder, para que puedan llegar a ser HIJOS; éstos fueron engendrados no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios, es decir, que comparten la misma Vida y Sustancia que Él.
Se hace difícil de explicar, porque debido a la gran deformación que hemos sufrido por años, debemos explicar el significado de cada palabra que la Escritura menciona, para que si es posible de alguna manera, sacudir el entendimiento embotado por el velo de nuestra carne, que ha interpretado permanentemente durante años todas las palabras de la Biblia vaciándolas de la Sustancia que describen, y celebrando la cáscara de ellas como si fuera el fruto.. imagínese si uno pela una fruta exqusita, y luego la tira comiéndose la cáscara. Algo así hemos hecho por años, pero hemos decidido bajar la velocidad, ir más despacio, no tenemos apuro, sino que queremos confirmar la Verdad para que esté presente como realidad en nuestra vida y en la mesa en la que la servimos.
Dios nos trajo a su casa, nos hizo sus hijos, nos engendró, es decir que puso en nosotros el poder de una vida en forma de embrión, de semilla, que contiene una nueva naturaleza que se ajusta a su Vida y a su Naturaleza, nos hizo parte de sí mismo con el fin de que llegásemos a ser hijos.
Para explicarlo quisiera contar un poco nuestra propia experiencia con la adopción de nuestra hijas pequeñas.
Cuando reflexionaba sobre estas cosas, vino a mi mente una conversación que tuvimos con mi esposa acerca de la diferencia que observábamos entre nuestras hijas nacidas en casa, y nuestras hijas adoptivas, comparándolas en sus mismas edades, y pudimos ver una diferencia.
Las peques llegaron a a casa, entraron a la familia no por un nacimiento, sino por haber sido situadas en la posición de hijas.
Ellas recibieron todos los privilegios y derechos de haber sido hechas nuestras hijas; y también todas las obligaciones.
Ahora, ellas llegaron a nuestra casa, nosotros las trajimos. Por ellas mismas no hubieran podido hacerlo, no fue por su esfuerzo, no nació en su deseo, sino que fue por una decisión nuestra; «según el puro afecto de su Voluntad».
Aunque las trajimos a casa y les dimos nuestro apellido, y técnicamente son nuestras hijas, en realidad aun no lo son en cuanto a todo lo que involucra serlo.
Son hijas en cuanto a mi propósito y a mi voluntad, pero aun no lo son en cuanto a la suya.
Pero ellas no llegaron y automáticamente por medio de una disposición legal que dice que son nuestras hijas y por la cual llevan nuestros apellidos, se volvieron nuestras hijas más allá del sentido legal; sino que una vez que las trajimos a casa comenzaron a ser hechas, a volverse, a convertirse de lo que son en aquello que fueron invitadas a ser; no en lo que ya son, sino en lo que fueron invitadas o llamadas a ser.
Ellas nacieron en un contexto determinado, que condicionó toda su manera de entender, de pensar, y da actuar; y ellas procesan todo en su vida a partir de esa forma de ver y entender. Para ellas esta bien el trato que le dan a las cosas en la casa, y esta bien comportarse de determinadas maneras no aceptables, pero normales o comunes para ellas.
Cuando comenzaron a vivir en casa, y las corregíamos por alguna cosa, ellas lo sentían como una agresión y no como un acto de amor, cuando en realidad nuestra corrección y enseñanza era para hacer posible que fueran convirtiéndose en hijas. Nosotros no podíamos simplemente decirles: «bueno, ya son nuestras hijas, manifiesten lo que son», sencillamente porque eran incapaces de hacerlo. No. Nosotros les dijimos: «ahora son nuestras hijas, ya tienen la condición de hijas, nosotros vamos a entregar nuestra vida cada día para que al amarlas nazca en sus corazones el deseo de ser nuestras hijas, de ser conformadas a lo que significa ser nuestras hijas.
Les cuento lo que sigue como una anécdota que ilustra esto de algun modo:
Una noche, encontre llorando en su cama a una de nuestras pequeñas hijas recién llegadas a casa. Ella me preguntó: ¿Puedo hablar contigo?, a lo que respondi: Por supuesto que sí.
La puse en mi regazo y le pregunté que le sucedía. Entonces ella con sus enormes ojos color azabache llenos de lágrimas me dijo: es que yo desde que vine a esta casa quiero portarme bien… pero no me sale… y rompió en llanto.
Yo la abracé y le dije que nosotros la amábamos porque era nuestra hija, no porque se portara bien, que nunca dudara de que siempre la amaríamos, y que seguramente iba poco a poco a portarse cada vez mejor…
¿Lo ven? El amor que recibió hizo brotar o nacer en ella un deseo, el deseo de portarse bien, de ser hija, la hija que nosotros esperábamos que fuese. No es a través del esfuerzo, sino por el obrar del Amor en nuestro corazón, experimentándolo de forma constante en un vinculo vivo que produce así el querer como el hacer por su buena voluntad.
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados, (convidados, invitados, llamados a ser), hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.”
1 Juan 3:1-3
“Aquél, (Cristo), es la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; y el mundo no le conoció.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Mas a todos los que le recibieron, les dio un poder para llegar a ser hijos de Dios, a los que se vuelven voluntariamente a la obra de ese poder, de su Luz, de su Justicia, de su Amor. Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”
S. Juan 1: 9 – 13
Bueno, hasta aquí esta bien por ahora..
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